miércoles, 2 de enero de 2008

La histeria del PSOE y medios afines.

Están de los nervios.

Tanto el PSOE como su órgano de propaganda El País -¿o es al revés?- se han lanzado de forma desaforada contra la Iglesia y su acto de defensa de la familia tradicional en la calle. Tanta gente clamando porque se la escuche es algo que tienen que desacreditar a toda velocidad. Es la técnica totalitaria de siempre, la misma de Chávez en Venezuela.

Los argumentos esgrimidos son tan falaces como los que esgrimía la Unión Soviética y satélites para prohibir la práctica de la religión. Cuando dicen que la sociedad es la única que puede regular legalmente los diversos aspectos de la vida, caen en su propia contradicción: los que estuvieron en dicho acto multitudinario y a los que se dirigió el Papa -cosa que obvian estos nerviosos exaltados- forman parte de la sociedad, no son marcianos.

El patético intento de catalogarlos de extrema derecha ya ha fracasado, ahora se les intenta desprestigiar diciendo que son del PP. Y si así fuera, ¿qué? ¿Acaso el PP es un partido ilegal? La estrategia no es otra que la de intentar movilizar a la extrema izquierda para que vote PSOE; porque si fuese verdad que el PP pone a dos millones de personas en la calle, ya pueden ponerse a temblar en el PSOE. Y ya quisiera Rajoy que así fuese. Esa movilización no se hizo por razones políticas sino por razones éticas y morales.

Pero no es así, no. El PP se ha empeñado en arañar votos al PSOE y movilizar el voto de centro, lo que es lo mismo que decir que quiere movilizar a los indecisos, a los de ni chicha ni limoná. No es ese su electorado natural. A quienes tienen que movilizar es a la derecha y a los liberales, quienes pueden votarles como mal menor. Pero esos votantes son críticos y exigentes. Y no están muy de acuerdo con el sistema, y menos aún con las leyes electorales y la partitocracia existente. No es con un descafeinado con lo que aceptarán la invitación a merendar.

Es cierto que en la Iglesia existen movimientos cuasi integristas como puede ser el Neocatecumenal de Kiko Argüello -apoyado por el Cardenal Rouco y el presidente de la Conferencia Episcopal- pero también lo es que los propios católicos tienen conciencia de ello y el mismo Papa les ha intentado frenar con unas recomendaciones de cambios para las que les dió un plazo de dos años. Aún existen muchas comunidades en muchas parroquias en donde estas recomendaciones pastorales no se han adoptado. Su excusa de que a Cristo también se le persiguió no parece muy coherente si se aplica a que la supuesta persecución parte de la propia cátedra de Pedro. Quizá por ello el Papa aún no ha dado vía libre oficialmente a dicha congregación. ¿Tendrá algo que ver la participación activa de su líder en la convocatoria para hacer valer su peso e influencia?

En cualquier caso, la existencia de estos núcleos sectarios -que sólo a la Iglesia afectan y que de ningún modo pueden equipararse como de extrema derecha política, pues si se trata de hacer paralelismo más se acercarían a movimientos de izquierda política- no desautoriza en absoluto lo que pidieron en su celebración en la calle del día 30. Son tan sociedad como el que más, y el no aceptar que parte de la sociedad clama por esos asuntos es no aceptar que todo viene porque impusieron unas leyes, que afectan a todos, por el procedimiento de la aritmética de los votos, y no por un amplio consenso, como hubiese sido de desear y como se ha producido en el resto de países democráticos, cuando de determinados asuntos se trata.

La pretensión de poner a la religión católica al mismo nivel que las demás confesiones religiosas no sólo es un absurdo intelectual, pues pretende obviar nuestra realidad y nuestras propias raíces culturales e históricas, sino que además choca con la Constitución, que contempla una especial deferencia hacia la confesión mayoritaria en España.

La consigna marxista está en marcha, y buena parte de la juventud ha sucumbido a ella a través del ya demostrado deficiente sistema de enseñanza, cada vez más volcado en adoctrinar en vez de en formar mentes capaces de analizar por sí mismas.

No son válidos esos argumentos para rebatir a la Iglesia. Las verdades de fe del individuo no se pueden contraponer con "verdades" políticas en un intento de oponer política y religión como si de cosas iguales se tratasen, por mucho que se intente desde la propaganda que la ideología política se asuma como otra religión. No es ese el camino, y no va con segundas. La sociedad no tiene por qué creer en la infabilidad del Papa, pero tampoco debe creerse infalible ella misma tan sólo por el poder de la aritmética de los votos. La Historia así lo demuestra y el caso más evidente fue el de la Alemania de Hitler con los increíbles millones de votos que le apoyaban.