martes, 16 de septiembre de 2008

La nada.

Un enorme vacío.


Siento como si tuviera un hueco en el pecho y dentro una mano que me atenazara. Es una tremenda sensación de angustia, desazón, desesperanza,... Tanta, que hasta duele. Es como un dolor en el alma si ésta existiese. Como una lejanía de no sé qué lugar y una soledad aplastante. Como si mi viaje lo hubiera sido a ninguna parte y desde ningún lugar. Como si el entorno donde vivo no existiera, como si tampoco existiera ningún sitio al que llamar mi casa, mi patria. Como si de pronto dejara de tener raíces y casi estuviera a expensas de a donde un viento me pudiese arrastrar.

No es algo racional, es emotivo, y por tanto inexplicable. Es un sentimiento, no una convicción. Es una sensación, no una realidad tangible. Pero es intenso. Es como si hubiera perdido mi propia identidad. Como si no hubiese tenido cuidado de mi casa por dejar la ventana abierta y me hubieran despojado de todo a través de ella. Es una triste sensación. A lo mejor es sólo el efecto de ser sobrepasado por lo excesivo. Ojalá sea solo una pesadilla y despierte...

Y es justo ahora cuando leo que Zapatero dice en Turquía que España se siente orgullosa de la influencia del Islam. El islam tiene dos acepciones, una, la primera según el R.A.E., que lo equipara a islamismo, o sea: "Conjunto de dogmas y preceptos morales que constituyen la religión de Mahoma", y otra que se refiere al "conjunto de los hombres y pueblos que siguen esta religión". De ninguna de las dos me siento orgulloso de ningún modo.

Puedo sentirme orgulloso de los españoles que aquí vivieron y trabajaron antes que yo durante miles de años, profesaran la religión que profesaran, en tanto que colaboraron a forjar la España que recibimos. Cierto que no siento el mismo orgullo por Abderramán I que por Zayán, como tampoco es el mismo el que siento por El Cid que por Berenguer Ramón II, Conde de Barcelona, con independencia del dios ante el que se postraran. Pero también es cierto que nunca sentiré orgullo alguno por quienes tienen un concepto de la vida y de la muerte que en nada se parece al mío y al que tenemos en la civilización a la que España pertenece, y que ha evolucionado hacia un respeto humano, y a la condición de la mujer, que los otros desconocen.

No confundo de ningún modo el Acueducto de Segovia con Júpiter, así como tampoco la Alhambra de Granada con Alá ni el Escorial con Cristo. Ni se me ocurre confundir el amor con la compañía. Pero así como las cosas que quieres y de las que te despojan duelen, estas sandeces dichas desde la Presidencia del Gobierno, ya huelen.