viernes, 5 de diciembre de 2008

¿Y los sindicatos?

Tres millones de parados y los sindicatos tapando al Gobierno que les paga.

El sistema hace aguas. No es sólo que el Gobierno de turno no haya gestionado la crisis adecuadamente, ni sólo que haya engañado -y lo siga haciendo- a la ciudadanía imputando la misma a causas externas, no. El problema es mucho más grave y profundo. Se trata de que no hay democracia y de que estamos en manos de quienes no buscan más que enriquecerse.

Nuestros diputados no representan a los ciudadanos, representan a los partidos. Y los partidos no tienen un funcionamiento democrático sino piramidal. Y además son estatales, es decir: es el Estado quien les paga. Y ese mismo Estado es quien paga también a los sindicatos, no los trabajadores afiliados a los mismos. Los sindicatos ni siquiera pagan a sus liberados, eso es un coste que se ha trasladado a las empresas y que pagamos todos. Sobre todo en el caso de los liberados en empresas públicas y en las administraciones estatales.

No existe separación de poderes. El ejecutivo -su presidente- es nombrado por el poder legislativo, el mismo que nombra al órgano de gobierno de los jueces y al Tribunal Constitucional. Este último es un símbolo en sí mismo de que no hay separación de poderes, pues no es más que un tribunal político y está por encima de cualquier otro. Es una sinrazón en sí mismo. Es un guiso que se cocina al margen de los ciudadanos en las cazuelas de los partidos políticos. Y estos obedecen al poder al que se deben: el poder económico.

Ni los diputados representan a los ciudadanos ni los sindicatos a los trabajadores, por lo que el sistema colapsa en momentos de crisis. En tiempos de vacas gordas no hay problemas, la gente tiene su bolsillo lleno y pasa de fijarse en nada más. Pero cuando el bolsillo flaquea la cosa cambia.

Por eso los partidos, sobre todo el del Gobierno, no hacen más que marear la perdiz y hablar de problemas que no son más que síntomas del verdadero problema. La Constitución no sirve. Cumplió su misión ya hace mucho tiempo, y a partir de ahí no es más que la causa de multitud de los problemas que padecemos.

Mañana se cumplen treinta años de aquella Constitución que nació con intención de ser transicional, y que promulgaron unas Cortes que no se eligieron constituyentes. La Constitución se hizo de arriba hacia abajo, el pueblo no tuvo nada que ver, tan sólo se le presentó como única alternativa a un sistema autoriatario y dictatorial.

Se hizo con prisas y con ánimo de no herir a los nacionalismos. Por ello se consagraron como constitucionales verdaderos disparates. Se habló de nacionalidades y regiones para contentar a nacionalistas independentistas, contrarios por principio al concepto de España como nación. Pero no se dijo cuales eran dichas nacionalidades, ni tampoco se definió lo que se entendía por dicho concepto. En la campaña de aprobación se dijo que eso no era sinónimo de naciones, pero no se plasmó en el texto. Hoy, casi todas las regiones se autodefinen como nación. Y una nación busca tener un estado. Y dicho estado debe ser distinto del de las otras naciones. Pues eso se vendió como algo que fortalecería la unidad, que ya tiene bemoles. Es como decir que el agua fortalece al fuego.

Es la única Constitución del mundo que llama castellano al idioma español. Y lo hace como imposición de los nacionalismos para luego –como se ve ahora- tratar de usar sus idiomas regionales en plano de igualdad, y hasta de superioridad, con el único objetivo de dividir y fortalecer su independentismo excluyente. Idiomas que no son otra cosa que inventos recientes con ese único propósito, pues en absoluto se usan como elemento de comunicación y transmisión de ideas, conocimientos, pensamientos y sentimientos. El único sentimiento que buscan quienes imponen dichas lenguas es el del odio hacia lo que es común, precisamente para que deje de ser común.

Es también la única Constitución que consagra el sistema electoral representativo, con lo que limita la democracia en favor de los nacionalismos periféricos que salen reforzados. Se hizo entonces y para entonces, pero se ha eternizado pues nadie previó que no se acometieran reformas constitucionales que corrigieran lo que tan solo era algo necesario para la transición. Con esta Constitución nunca podremos tener un sistema electoral del tipo de las democracias de nuestro entorno, que haga que los electos tengan que rendir cuentas a sus electores y no a los partidos que los incluyen en sus listas.

Como concesión al progresismo se impuso como objetivo al Código Penal el de la reinserción de los delincuentes, por lo que la misma está por encima del objetivo de defender a la sociedad de dichos delincuentes. Lo lógico es que cualquier objetivo que se refiera al penado se deje a lo que desarrolle el Código Penal en su apartado de Derecho Penitenciario, pero no plasmarlo como un derecho constitucional del delincuente, sea cual sea su delito. Ya vemos los resultados: somos el paraíso de la delincuencia internacional.

Las Autonomías que se han desprendido de ella son un grifo por el que se desangra nuestra economía, y se desangra también el principio de igualdad. Los españoles ya no somos iguales si vivimos en regiones diferentes. Podría seguir, pero desgraciadamente no tengo tiempo para escribir, las circunstancias me están privando de ese placer, pero no acabaré sin volver al tema inicial.

Los sindicatos están justo donde quieren estar: viviendo de la teta del Estado, es decir de todos nosotros, y a las órdenes del partido que soporta al Gobierno que les da de comer y que vela por sus intereses. Me refiero a los intereses de quienes cobran por su tarea sindical y no por trabajar, en absoluto por los intereses de los trabajadores que dicen representar.

Y así seguirán si no se produce una catarsis de verdad, un movimiento que ya no puede ser más que revolucionario y que acabe con este estado de cosas. Que acabe con esta casta de parásitos que nos desangran y que no hacen más que crear problemas donde no los había tan sólo para justificar su existencia.