domingo, 22 de febrero de 2009

Rostro pálido.

Blanco echa la culpa de que Endesa esté en manos italianas... ¡a Aznar!

Ya hace falta caradura. Ya hay que ser rostro pálido, o sea, caradura Blanco, para soltar eso sin sonrojarse. Pero hay que ser algo bastante peor para creérselo; y algo absolutamente incalificable para aplaudir semejante intento de tomar por tontos a quienes le escuchan. De momento, hay que ser tonto para esto último, pues responder aplaudiendo a quien te toma por tonto es una demostración clarísima de que es eso justamente lo que eres. Sería de chiste si no fuera tan triste.

Claro que lo de ser caradura se ha extendido por el PSOE como un mérito; tanto que ya parece consustancial al hecho de ostentar algún tipo de cargo en dicho partido o cargo público nombrado por dicho partido. Son capaces de llamar blanco a lo negro, de decir una cosa y la contraria, de acusar a otros de lo que ellos mismos hacen o de utilizar cualquier cosa con tal de tapar sus errores o las evidencias de su nefasta gestión. Su única defensa cuando se ven en algún aprieto es el ataque. Su postura cuando aparece un problema no es arreglarlo, no; es inventarse otro problema e imputárselo a los demás para que no se hable de lo que no les interesa. Y lo hacen con un desparpajo digno de admiración, aunque demostrativo de su catadura que hace imposible que sean fiables. Pero como son los jefes de la banda, ya se sabe.

En una banda de mafiosos son los más mafiosos, los menos fiables, los más sinvergüenzas, precisamente los que generan más adhesiones a su alrededor. Es como en Chicago años veinte: los capos más lanzados eran los que más seguidores tenían ávidos de medrar a su sombra. Aquí, cuanto más se ataque al oponente, sea como sea y con lo que sea, al margen de si lo que se dice es cierto o no, mejor. Más aplausos se reciben. Es un fenómeno que tradicionalmente se ha afianzado en el PSOE y en sus manipuladores de masas. No es nuevo, pero ahora en estos últimos años ha llegado a cotas imposibles de soportar para una democracia civilizada.

Tirar piedras a alguien y luego acusarle de crispar cuando grita de dolor, es una táctica que ya se llevó a cabo hasta la saciedad en la última legislatura. Da igual que los micrófonos dejaran en evidencia a un Zapatero que avisaba de que iba a dramatizar, o que decía que les convenía la tensión. Da igual. Se da patadas al oponente y luego se le llama de todo cuando se queja o se defiende. Es como quien quiere ganar un partido de fútbol por expulsión del contrario y no por jugar mejor.

Hoy ya han llegado al esperpento de que alguien -ex Vicepresidente del Gobierno cesado por connotaciones poco limpias y cercanas a la corrupción- del mismo partido de la Vicepresidenta De la Vega, se atreva a criticar el fondo de armario de un oponente. Primero deberían de aclarar quien paga el fondo de armario de De la Vega para ver si sale de nuestros sueldos, pues lo que está claro es que del suyo no, ya que no da para ello. Pero tienen ese desparpajo. Es como ver a un burro riéndose de las orejas de un conejo.

Se usa todo. Todo vale. Se utiliza a un juez político, ex compañero de listas y de escaño, a la policía, a la fiscalía, a un Ministro de Justicia que es heredero del franquismo -tics incluidos- y que es capaz de decir eso de "luchamos contra sus padres.." cuando su padre era precisamente uno de los que lucharon contra esos padres -pues falangista y jefe del Movimiento de su pueblo era- que delinque y que además se ríe, da igual. Y se utiliza para intentar expulsar del terreno de juego al oponente, sin importar que eso, cuando de política se trata, no es otra cosa que acabar con la democracia. Todo vale. Vale hasta un ignorante hablando de economía. Vale hasta alguien que tiene una propiedad que incumple la ley pero que se dedica a acusar a otros de corrupción tan sólo porque un juez ha decidido investigar algo y filtrarlo a la prensa amiga; una prensa que ya parece la del Movimiento defendiendo a los asistentes a cacerías franquistas en donde se fraguan las maniobras que impidan que la democracia acabe con la dictadura.

Pero estamos en elecciones. Estamos en lo que estos entienden por democracia, pues no más allá de ello llega su concepto de la misma. Una vez pasadas las elecciones ya da igual. La democracia queda como una cantinela que no tiene nada que ver con sus modos de caciques y de matones dueños del patio. Gentes, gentuzas y gentucillas que viven y vivirán del cuento, de todos nosotros, de crear nuevos problemas para presentarse como necesarios para solucionarlos pues no saben resolver los verdaderos problemas de calado que ya hay y que se deben a su falta de pericia y previsión. Y así nos va. Y así nos seguirá yendo. El problema no es coyuntural, es del propio sistema que permite estos desaguisados y no tiene elementos correctores para los mismos.

Y ya da igual quienes ganen. Ya hemos perdido todos. Y seguiremos perdiendo si no lo remediamos de una vez por todas aupando al poder a quienes tengan narices de reformar el sistema en profundidad y de realizar una verdadera renovación democrática.