sábado, 24 de julio de 2010

El alegre PP


Las encuestas acercan al PP a la mayoría absoluta


Ya está, -dirá Rajoy- ya lo conseguí. Pero no es así. No lo ha conseguido el PP sino la impericia de Zapatero y su total falta de capacidad para gestionar.

Zapatero es un político de salón, es un político para la política, no para gestionar nada. Al PSOE lo ha desmantelado, al igual que a la economía y casi al país entero. Pero él consigue estar donde quiere. Su objetivo lo cumple, lo malo es que su objetivo es estar en el poder, no aprender qué hacer con él.

Así que en el PP están de fiesta. Y lo están porque tal parece que su objetivo es el mismo: el poder por el poder. Rajoy ha incumplido promesas electorales, ha traicionado las esperanzas de muchos de sus votantes, ha dado la espalda a quienes veían al PP como garante de una España vertebrada y unida. Y este PP no es garante de nada de eso.

Cierto que en sus filas hay gestores magníficos, pero hoy por hoy están en la sombra. Los tienen en segunda fila apagados por el relumbrón de quienes no tienen otro cálculo que el electoral. Hasta ahora, este PP ha dicho una cosa y hecho otra. Le decía al Gobierno lo que no debía hacer y luego permitía con sus votos que lo hiciera.

En cuanto a la política linguística, el PP hace donde gobierna lo contrario que prometía. Sus críticas a los nacionalismos se trocarán en abrazos -ya han empezado- para conseguir votos tal como lo que tanto critican a Zapatero. Será más de lo mismo pero hecho por otro partido. Presumiblemente mejor gestionado, pero tan poco fiable como lo que tenemos y ahora critican.

No sería buena notica una mayoría absoluta de este PP de Rajoy apeado de sus principios y apuntado al electoralismo, no. Quienes aún pensamos que la unidad hace la fuerza, y que el dispendio autonómico no solo es insoportable económicamente, sino que nos hace la vida más incómoda a los que no nos quedamos encerrados en la aldea, no tenemos más remedio que esperar que un partido bisagra, que crea en esa unidad y en esa necesaria vertebración del Estado, consiga forzar a un futuro Gobierno a tomar decisiones que edifiquen lo ya demolido precisamente porque el gobierno actual necesitaba apoyos y los buscó en quienes, no sólo no creen en España, sino que no se esconden para forzar su desaparición como Estado.

Un PP en el poder tendría que acometer duras medidas de recorte del gasto, pero no tendría a los sindicatos haciéndole la cuna. Sin una reforma de la ley que regula la función sindical, seguiremos con el lastre de unos sindicatos que heredan del anterior régimen su condición institucional y financiación pública en el más puro y duro estilo franquista.

Sin arreglar eso, sin afianzar reformas estructurales y constitucionales, jamás funcionará la economía más que a remolque de otras. Y puede que ni siquiera.