sábado, 26 de enero de 2013

Hoy, más que nunca, añoro a Gregorio


María San Gil
Si hace 18 años nos hubieran pedido que imagináramos el final de la banda terrorista ETA, estoy segura de que la inmensa mayoría de las personas que hoy estamos aquí habría afirmado que, a estas alturas, ETA estaría ya derrotada; que gracias al esfuerzo de todos, a la democracia y a la firmeza del Estado de Derecho habríamos sido capaces de acabar con ella. Y si nos lo hubieran preguntado durante la segunda legislatura de José María Aznar, la respuesta habría sido aún más rotunda porque en aquellos momentos las políticas antiterroristas que se pusieron en práctica fueron las más eficaces en la Historia de España.
Se puso en marcha el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo que venía a decir de una forma muy sencilla que, gobernara quien gobernara, nunca nadie iba a negociar con los terroristas. Que ETA debía perder toda esperanza de lograr contrapartidas políticas a su carrera criminal, porque si matar no tenía premio dejar de matar tampoco podía tenerlo. Y se aprobó -y se aplicó- la Ley de Partidos que era otra obviedad: ningún partido que no respetara las leyes del juego democrático podría participar en la vida política.
Y así se logró poner fuera de la circulación a los diferentes partidos que, bajo distintas siglas, representaban el brazo político de ETA. Se acabó también con un mito, el de la imbatibilidad de ETA; con ETA podíamos acabar y estábamos dispuestos a ello. Íbamos a ser capaces, por fin, de transmitir a nuestros hijos una historia veraz, sincera y justa de lo que había pasado en el País Vasco. La historia se escribiría dejando claro que había habido víctimas y verdugos y que, por lo tanto, tendría que haber vencedores y vencidos.
Hoy, 18 años después -y 858 asesinatos después-, tenemos que reconocer que nos habíamos equivocado: no sólo no hemos derrotado a ETA sino que parece que dejar de matar sí tiene premio, parece que el Estado de Derecho y la Democracia no han sido capaces de mantener la firmeza y el tesón porque estamos permitiendo que se escriba una historia en la que la línea que separa a las víctimas de los verdugos cada vez es más invisible. Porque parece que ya a nadie la interesa que haya vencedores y vencidos.
Cuando ETA asesinó a Gregorio el 23 de enero de 1995 fuimosmuchos los que dimos un paso adelante para intentar que a la banda terrorista no le saliera gratis el asesinato de nuestro amigo, nuestro compañero, nuestro jefe. Nos comprometimos a intentar que nadie volviera a sufrir lo que nosotros estábamos sufriendo y nos comprometimos de manera más o menos explícita a recoger el testigo de Gregorio: trabajar para la derrota de ETA sin paliativos ("solo negociaremos el color de los barrotes de sus celdas"), el reconocimiento a las víctimas, la recuperación de la libertad para una sociedad que vivía subyugada por el miedo y la denuncia de la complicidad del nacionalismo gobernante con la banda terrorista.
Han pasado 18 años y parece que nos cansa tener que seguir llevando ese testigo, el testigo de Gregorio; han pasado 18 años y los propios terroristas no se pueden llegar a creer que hoy están más cerca que nunca de conseguir sus objetivos sin matar que matando. Los propios etarras y todo su entramado tienen que sorprenderse de haber conseguido, burlando al Estado de Derecho (que se ha dejado burlar), tener un partido en las instituciones que no hace tanto fue ilegalizado por ser un instrumento de la banda terrorista ETA y hoy, con solo cambiar de nombre, sin renunciar a ninguno de sus propósitos, sin arrepentirse de nada, sin pedir perdón, sin entregar las armas, sin colaborar con la justicia, han conseguido tener más de 1.200 cargos públicos, por no hablar del alcalde de San Sebastián y del Diputado General de Guipúzcoa. Y lo que verdaderamente resulta estremecedor, y no lo hubiéramos imaginado hace 18 años, es que son tratados por el resto de partidos y de representantes políticos como si fueran simples adversarios políticos, demócratas de toda la vida.
Cuando Ana me propuso participar en este acto me convenció diciéndome que quería que en 3 minutos explicara en qué y por qué echo de menos a Gregorio. Ana, a Gregorio llevo 18 años echándole de menos en lo personal, como amigo, cuando salíamos de cena, a tomar algo, como un amigo más. Pero, últimamente, además echo muchísimo de menos al Gregorio político, al político que decía siempre la verdad, que denunciaba la cobardía, que se enfrentaba a los terroristas, que defendía aquello en lo que creía sin complejos, que no pretendía ser políticamente correcto, que no quería caer bien sino ser honesto y coherente consigo mismo, a ese político al que no le importaba quedarse solo si estaba seguro de estar haciendo lo que debía.
Echo de menos al político que llegaba el primero a trabajar, antes incluso que los ordenanzas del ayuntamiento. Echo de menos al político que no optaba por lo fácil y sí por lo correcto aunque eso le colocara en situaciones complicadas, a ese Gregorio que trabajaba para intentar mejorar la calidad de vida de sus conciudadanos y se "mataba" a trabajar dando ejemplo de cómo tiene que ser un político. A ese Gregorio que se definía de derechas y español sin titubear y llevaba las siglas del PP con orgullo. Echo de menos a ese líder que nos arrastraba a seguirle, incluso después de muerto. Ana, hoy más que nunca en estos 18 años añoro a un político de raza como él.
¿Pero cómo no le vamos a echar de menos si el ayuntamiento de San Sebastián, del que él era teniente alcalde cuando le mataron, acaba de entregar una de las distinciones de la ciudad a Txillardegi que es uno de los fundadores de la banda terrorista ETA? Eso sí, en su calidad de lingüista vasco... Es como si a Maurice Emil, uno de los fundadores del Partido Nazi y relojero de profesión, una institución alemana le hubiera condecorado por su habilidad a la hora de reparar relojes. A nadie en Alemania se le ocurriría una sandez semejante entre otras cosas porque en ese país, cuando acabó la Segunda Guerra Mundial, el Partido Nazi fue declarado ilegal por criminal, ilegalización que dura hasta hoy en día.
El alcalde de Bildu, que es Batasuna, le entregó el sábado pasado la Medalla al Mérito Ciudadano al hijo de Txillardegui, Joseba Álvarez, y se da la paradoja que este tipo, Álvarez, era concejal de Batasuna cuando ETA mató a Gregorio y ni condenó entonces, ni ha condenado después el asesinato de su compañero de corporación. Pero lo que todavía es más sangrante es que el resto de partidos y de dirigentes políticos asistieran al acto y se hicieran la foto de familia obviando todo el daño que Txillardegi, Álvarez y demás patulea han infligido a la sociedad.
¿Pero cómo no le vamos a echar de menos si cada vez que veo al Diputado General de Bildu, a Garitano, me acuerdo que cuando la Guardia Civil liberó a Ortega Lara después de un secuestro de 532 días, Garitano que entonces era redactor jefe del periódico Egin tituló "Ortega Lara vuelve a la cárcel"? ¿Nadie se acuerda de esto? Porque asisto perpleja y dolida a fotos y actos en los que los demás representantes políticos le saludan, charlan con él y le ríen las gracias, olvidando el pasado y el presente de Garitano, que está mucho más cerca de los verdugos que de las víctimas.
Nos dicen que son "nuevos tiempos", pero debe ser sólo para algunos... porque ni el alcalde ni el diputado general (por ceñirme a los dos máximos representantes políticos) han rectificado un ápice de sus planteamientos, no han tenido una sola palabra de afecto, ni un acto de solidaridad con las víctimas del terrorismo, ni una palabra de condena, ni una acción contundente contra ETA.
Ana, ¿cómo no vamos a echar de menos a Gregorio? Si no damos crédito al devenir de los acontecimientos, creímos que la historia iba a ser bien distinta, el asesinato de Gregorio y el de todos los asesinados deberían ser la piedra angular de la política vasca para que no olvidáramos, para que no cejáramos en el empeño de derrotar a ETA. Echo en falta la firmeza, el tesón y la contundencia que Gregorio nos enseñó... pero como dicen algunos "son nuevos tiempos".