martes, 14 de septiembre de 2010

Aquellos tiernos años


Una vuelta a la manzana.

En cuanto llegaba del colegio, nada más bajar del autobús que nos dejaba a un montón de nosotros enfrente del bloque de casas en el que vivíamos, lo primero que hacía era ver si ella estaba en el grupo de niñas que, haciéndose las remolonas, nos esperaban. Ellas iban al colegio de monjas que estaba cerca, por lo que llegaban antes al barrio que nosotros.


Allí estaban con su uniforme de faldas a tablas y esos calcetines azul marino. Haciéndose las interesantes mientras nosotros bajábamos del autobús pavoneándonos. Y luego empezaban las bromas, las risas y los juegos.

Recuerdo aquel sentimiento de vacío cuando no la divisaba entre las demás. El desasosiego que sentía y el deseo contenido de preguntar por ella. Hasta que alguna decía algo que me daba una pista o me aclaraba que estaba castigada en el colegio.

Y recuerdo la alegría de verla, de acercarme a ella y decirle algo. La grata sensación que me producía su sonrisa tímida y pícara a la vez. Y lo que disfrutaba acompañándola a dar una vuelta a la manzana, todo un logro de conquista.

-¿Damos una vuelta a la manzana?- Ése era el momento decisivo.

Si la contestación era afirmativa, todo un triunfo. Los que teníamos éxito éramos envidiados y admirados por los demás. Estos eran los que tenían que dar la vuelta a la manzana en grupo. Bueno, en dos grupos, el de chicos y el de chicas. Pero los que ligábamos, los que teníamos ligue, íbamos ufanos cada uno con cada una, abriendo paso y distanciados unos metros de las otras parejas.

Esa sensación de amor limpio, de ilusión sencilla, de que el mundo empezaba y terminaba allí, en aquella manzana de casas que era nuestro hogar, es algo que recuerdo con cariño y añoro con dulzura. Es algo mío, un recuerdo que está ahí. Es como un sentimiento oculto de aquel niño que fui -que quiero seguir siendo- y que no había vuelto a sentir desde entonces.

Es un recuerdo del futuro. Y mi futuro es hoy. Y hoy lo vuelvo a recordar porque me parece volver a sentirlo como entonces, con alma de niño. Y con ilusión de adulto. Temeroso y decidido. Deseando que ella quiera acompañarme en esa vuelta a la manzana. Hoy la manzana es más grande, más variada, pero no menos ilusionante.

Tiendo mi mano y te pregunto, con corazón limpio y sin vueltas, a pesar de cicatrices cerradas:

-¿Quieres que demos una vuelta a la manzana?
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