viernes, 30 de marzo de 2007

A vueltas con Blanco

Ahora quiere que Rajoy expulse de la vida pública a Díaz de Mera y que exija que desmienta la existencia de un documento que, según Blanco, no es cierto que existiera.

Yo me pregunto: ¿cómo tiene Blanco la certeza de la no existencia del documento en cuestión?, ¿acaso lo destruyó él o alguien que conoce? Porque el desparpajo con el que, no sólo acusa, sino exige al PP y a su líder lo que él quiere que haga para aprobar la asignatura de Blanquismo Pepiño, no es explicable más que porque sabe con certeza que el documento ya no existe, o simplemente es un ejercicio más de su acostumbrada agitación, propaganda y reconocida insensatez. De su ignorancia, ni hablo. Entre la policía existe la certeza de de Mera no miente. Yo tampoco creo que lo haga. Pero Pepiño está muy seguro de que no hablará para probar fehacientemente lo que dice, ¿porqué?

Debiera de ser a Blanco a quien se exigiera veracidad en sus declaraciones: Rajoy le ha pedido que colabore con la justicia aún entendiendo su situación, por lo que no es cierto lo que el segundo de Zapatero. Cuando acusa a Díaz de Mera de un delito de desobediencia y otro de falso testimonio, y a Rajoy de cómplice, las carcajadas de los conocedores del Derecho suenan estrepitosamente. El que este agitador y propagandista profesional intente dar clase de Derecho a alguien es cuanto menos jocoso, pero que lo haga sobre democracia ya resulta patético al comprobar que estamos ante un marxista redomado, y por tanto contrario a la democracia. El único objetivo del marxismo en una democracia es aprovecharse de ella y de sus debilidades para anularla e imponer el totalitarismo marxista.

Cuando un totalitario acusa de ello a alguien, no hace más que demostrar que lo que quiere es imponer su razón anulando la del otro. Pero además, lo de Blanco tiene mucho de insensatez. Si por él fuera, ya se habría expulsado al PP de la vida pública; a todo el PP y no sólo a Díaz de Mera. El decirle a Rajoy lo que tiene que decir y hacer para demostrar lo que, según él, es una prueba del algodón democrático, es para mandarlo al carallo. Y que se quede allí estudiando algo, lo que sea, ¡pero que estudie, por favor!

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